
Mucha incógnita y hasta “desacougo” político produce nuestro Gato verde con la estrella amarilla de sheriff, así que no enseñaremos su DNI pero documentaremos su existencia tanto histórica como en el presente.
Primer dato: Juan Hernández de Tristan y Ruidera, hidalgo extremeño que hizo fortuna y fue ahorcado en el año 1.583 en la Ciudad de La Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre –vulgarmente conocida por Buenos Aires a secas-, confesó haber “oydo dicer” que los indios del Brasil veneran a un gato verde brillante que se alimenta de pájaros y huevos. Le tomaron por loco aunque le colgaron como cuerdo; pero en 1.976, el naturalista brasileño Xohan Deseirós, escribió un artículo en el que afirmaba que “los indios boro-boro hablan de un gato verde fluorescente cuya dieta principal son pájaros y huevos; un animal mágico que copula con la selva en las noches tercera y cuarta de lunas llenas, proveyendo de fecundidad renovada a plantas, animales y mujeres". ¡Pues cojonudo!, nos imaginamos al rarito bicho en plena conjunción copulativa con el primer árbol o planta que se le acerque, a menos que “selva” sea el nombre propio de algo que nosotros no conocemos.
Segundo dato: según citan crónicas de la época, el superior exorcista del Monasterio de Piedra de Zaragoza, Reverendo Fray Crispín Granados Costilla, vio en dos ocasiones a demonios encarnados en gatos verdes sin cabeza y con ojos en el vientre; tales gatos entraban y salían del fuego sin sufrír quemaduras y, acto seguido, gozaban de capacidad para atravesar las paredes. Por escrito está que el afamado cura consiguió expulsar al demonio de los gatos verdes sin cabeza, aunque murieron inmediatamente porque no tenían sangre en las venas. Y para más datos, en los archivos del obispado de Zaragoza existe acta de que el Ilustrísimo y Reverendísimo Obispo de Zaragoza escuchó horrorizado la relación de los hechos y, acto seguido, rechazó las pieles de los infortunados gatos que le habían enviado desde el Monasterio.
Tercer dato: También en el siglo XVI, en la localidad italiana de Cossimo, los lugareños declararon que había una rara clase de gatos verdes que vivían uno o dos días “aunque los degüellen a escote y descabecen enteros”
Cuarto dato: En tiempos de la revolución francesa, era de dominio público la existencia de un gato verde que, cada noche, acudía a las orillas del Sena para pescar. La particularidad de este minino franchute es que repartía, incansablemente, sus peces entre familias de “villanos pobres y gente con tanta hambre como escasa hacienda”. Para los incrédulos, en la actualidad y en su honor, cercana al Sena, existe la “calle del gato que pesca”.
Quinto dato: En su sermón dominical que se conserva en los archivos diocesanos de Braga, un cura portugués del siglo XIX explicaba a sus feligreses que “hay que tener mucho cuidado con los gatos verdes, sólo el agua bendita impide que se introduzcan en las casas y hagan desmanes diabólicos como el promover el adulterio en las esposas, la pigricia –palabreja que nosotros tampoco sabíamos que existía pero que se refiere a la pereza, la ociosidad y la negligencia- y vicios secretos hallándose solas –imaginamos que se refiere al manoseo interesado de las partes pudendas para obtener, mediante dicha manipulación artesanal, el placer que sus cónyuges darle no pueden-. El cura lusitano afirmaba que “para evitar la presencia del Tentador –así con mayúscula está escrito y nosotros con mayúscula le mantenemos-, visitando a las mujeres en forma de gato verde mocho del gañote –que imaginamos que viene a ser algo así como “sin cabeza”-, el esposo ha de prevenir a su mujer mediante una dispersión de Agua Bendita por todos los cuartos y salas de la hacienda, vertiendo la sobrante en aquellos lugares o agujeros cuya sagrada y matrimonial pureza se pretenda”. La cosa no quedaba así, el manual de instrucciones de defensa contra gatos verdes incluía que “no obstante el Efluvio Bendito, de tener noticias que el gato verde persiste en visitarla, ha de requerirse el Auxilio Eclesiástico de Conjuración, procediendo un “hábil” –que imaginamos castamente como un clérigo apto, aunque nuestra tendencia al pecado nos empuje a pensar que la hablidad del “hábil” podría muy bien ser en otros menesteres- de la Tercera Órden Menor a practicar las operaciones de exorcismo; si así se hace varias veces y con la debida devoción, Dios en su indulgencia concederá paz al esposo y sosiego a la mujer, obrando milagros que en ocasiones pueden ser tan magníficos como el de que el Espíritu Santo baje al vientre de la esposa y la santifique con la concepción de un vástago sagrado que debe ser entregado, en el momento de su nacimiento, a la custodia de la Santa Madre Iglesia”. Jeje… ¡ta güeno!, como para la Iglesia el condon es un pecado y por si se queda preñada del hábil, que acuda el Espíritu Santo y cargue con las culpas para que nadie ponga en duda la honra ni la fama de la esposa que, por dejación de hecho o mal oficio del cónyuge, estaba en estado de insatisfecha.
Sexto dato: Un periódico criollo reproducía en el año 1.979 la noticia de que “gatos verdes, chanchos y sin cabeza, se aparecen súbitamente en la calle Granadero Alves, camino del cementerio de Escobar, aterrorizando a los habitantes de la Victoria, barrio Philips y Villa Bote; atacan especialmente a hombres con sombrero de cuero de buey y a mujeres solteras viejas, produciendo tal terror en la población que nadie se atreve a caminar solo”. ¡Mecaguenodemo!, nos gustaría saber la razón de que el minino tuviese ojeriza a los sobreros de cuero de buey… y, ¡como no!, qué perversión gatuna le llevaba a perseguir a solteras viejas en vez de a viejas solteras –precisamos el juego de palabras, que una “soltera vieja” es mujer de cualquier edad que lleva mucho tiempo en situación de soltería y, por el contrario, una “vieja soltera” ha de ser vieja por edad y soltera por condición indiscutible-.
Séptimo dato: En Huelva, en la década de los cincuenta, se extendió la noticia de que había nacido “un gato de pelaje verde y ciego, que tenía los ojos de vidrio transparente y el pelo verde tan brillante que dejaba, al que osaba mirarle, ciego por no menos de 24 días”. Entre otros males y daños, el gato verde onubense “arremetía contra las vajillas Duralex –curiosa afición tenía el bicho-, producía menstruación repentina en mujeres secas –nada consta que en mujeres mojadas, si es que existen, también la produjese o produjera-, flaccidez en el miembro a los varones jóvenes y exageradas ansias sexuales en las jóvenes y niñas”. Aún hoy, en Huelva, encuentra uno quien le hable del tema y ponga nombre a la propietaria del minino verde; según dicen, se llamaba Rafaela Almonacid, viuda de terceras nupcias –así nos lo dijeron, pero imaginamos que de las dos anteriores también enviudó- y mujer muy apreciada. Al parecer, los ojos, el pellejo y la lengua del infortunado minino fue enviada al Consejo de Veterinarios de Andalucía y ahí se acabó la historia.
Pues bien, rescatados del almacén de Fórum Filatélico y abiertos los siete sellos de la crónica histórica de los Gatos verdes, llega el momento de decir que el nuestro no tiene ni parecido ni parentesco con los anteriores. El Gato verde con la estrella amarilla de sheriff que dirige, sabiamente las menos veces, GaliciaBlog es propiedad de un descendiente directo de Guillermo Tell cuyo bisabuelo, por parte de padre putativo, recaló en las costas de Galicia por pura casualidad y sin pretenderlo. Pero esa es otra historia que ahora no toca pero que en algún momento contaremos.
